Reconfigurando el paradigma de la enfermedad 2

 


Hace unos meses con el cambio de país, de entorno y de clima, me ví afectada en mi parte biológica por los cambios tan abruptos a los que ha sido expuesto el cuerpo. Cambios de temperatura extremas incluso llegando hasta 42 grados en verano y a 7 grados en invierno. Cambios estacionales, además emocionales, incluso el cambio de alimentación que hicieron que el cuerpo reaccionara desde la psiquis despertando un conflicto de pérdida de territorio que no había experimentado en ningún momento de mi historia de vida de manera tan extrema. Esto conllevó a la búsqueda de un reequilibrio biológico, al que llamamos “enfermedad” que ha sido para mi un aprendizaje profundo del que quiero contarles pues ha suscitado un ejercicio de introspección constante y que puede ser de aporte para ti.

Primera parte miedo ancestral a la enfermedad

Pareciera que en la sociedad hay una creencia muy arraigada sobre la enfermedad, más que en la sociedad yo diría que en las familias. Muchas mamás en el caso de la mía y yo como mamá, hemos sido muy insistentes con el  proceso de enfermedad frente a los hijos, es una situación que a nadie le gusta, que desestabiliza y en la que no queremos estar, es indudable; sin embargo, esta situación al igual que otras de desasosiego que trae la vida puede ser una oportunidad para indagar en el inconsciente colectivo, más propiamente el familiar al interior del árbol

genealógico en lo que corresponde a la muerte. 

Pareciera que enfermarse activa un miedo ancestral que no queremos enfrentar, y nuestra primera reacción suele ser la negación. Esto suele suceder porque, en la memoria del árbol genealógico, la enfermedad está vinculada a la muerte. Ese vínculo no es casual; ya que en muchas familias, experiencias de pérdida por enfermedad—ya sea  por muertes naturales, por la guerra, hambrunas o grandes pestes, un poco menos suicidios u homicidios—han  dejado huellas profundas en el inconsciente colectivo. Este temor, que a menudo opera de manera inconsciente, está cargado del mandato no verbalizado: “Enfermarse lleva a la muerte”. Tal creencia arraigada en la memoria del clan familiar puede convertirse en un bloqueo emocional, limitándonos en el proceso de sanación cuando enfermamos en mi caso el particular.

Desde la perspectiva de la biodescodificación, entendemos que la enfermedad es una manifestación del cuerpo para resolver un conflicto emocional no procesado. Según el Dr. Ryke Geerd Hamer, creador de la Nueva Medicina Germánica, “cada enfermedad está relacionada con un conflicto biológico inesperado que afecta al cuerpo y a la psique simultáneamente.” Es decir, la enfermedad no es algo que nos ocurre sin motivo; es una respuesta biológica adaptativa que busca devolvernos al equilibrio. Sin embargo debemos hacernos conscientes del aprendizaje con el clan para poder hacer evidente lo anterior. Esto también hace parte de aceptar el buen morir, aunque eso es otra historia. sin embargo es importante hacer lo que esté en nuestras manos mientras podamos para evidenciar el mandato del clan que se guarda de manera muy profunda en la psiquis que nos lleva a negar esta condición de enfermedad y que nos limita en el proceso de sanidad.

Por lo tanto, aceptar la enfermedad como una manifestación natural de un conflicto interno y nombrarla con honestidad es el primer paso hacia la sanación. En este contexto, no se trata de resignarse, sino de comprenderla como una oportunidad para transformar patrones inconscientes.

Segunda parte. Reconocer y nombrar como acto transformador

En la búsqueda contemporánea de espiritualidad y la sobreabundancia de información, a menudo se refuerzan ideas que promueven el "pensamiento positivo" excesivo. Aunque es cierto que nuestras palabras y decretos tienen poder, también lo es que evitar nombrar lo que sentimos, y no reconocerlo puede alejarnos de la solución. Reconocer nuestra situación, aceptarla y nombrarla por lo que es, sin dramatizarla ni negarla, es crucial para iniciar un proceso de transformación profunda biológica y emocional.

Reconocer nuestra situación y nombrarla por lo que es, con honestidad y sin temor, nos permite iniciar un proceso de transformación biológica y emocional. En palabras de Enric Corbera, líder en bioneuroemoción, “cuando identificamos el conflicto emocional que da origen a nuestra enfermedad, ya estamos dando el primer paso hacia la sanación; lo que no se reconoce no puede cambiarse.” En mi experiencia acompañando a mujeres en procesos de orientación, he notado que muchas veces el temor a "nombrar las cosas como son" actúa como un obstáculo. Por ejemplo, si una mujer descubre un nódulo en su tiroides, a menudo oscila entre dos extremos: exagerar el diagnóstico, colocándose en un rol de víctima, o negarlo completamente, como si ignorarlo pudiera hacerlo desaparecer.  Negarte a la realidad no te ayudará a sanar pronto, lo contrario será que el cuerpo mostrará más molestia física para que tú, te des cuenta y aceptes tu nuevo estado de expansión de conciencia o fase de crecimiento. No se trata de impulsar aún más lo que nos pasa porque lo estás diciendo o hablando, no. Hablar realmente de la enfermedad es aceptar la condición en la que estás en este momento, que puede ser una condición que es transformable y reversible. 

Cuando enfermamos, debemos generar una relación positiva con la enfermedad, mirándola desde el amor, aceptándose y entendiendo que no somos víctimas de ella. La enfermedad no es un castigo ni una maldición; es el cuerpo manifestando la necesidad de transformación y cambio. En este sentido, la enfermedad actúa como un maestro que nos invita a expandir nuestra conciencia y evolucionar. El cuerpo, al manifestar síntomas, está revelando un conflicto interno que se ha mantenido encapsulado en el subconsciente. Por ejemplo, un simple dolor o una tensión en el cuello puede ser el reflejo de una carga emocional acumulada, mientras que un síntoma más extremo indica un llamado urgente del cuerpo para atender un conflicto profundamente arraigado. El cuerpo, en este sentido, actúa como un despertador que nos invita a conectar mente y corazón para continuar nuestro camino de evolución. Tal como explica Hamer, “los síntomas físicos son una señal de que el conflicto emocional está en vías de solución, aunque la mente consciente aún no lo perciba.” Esto significa que cuando aparecen los síntomas, el cuerpo ya está comenzando a sanar, y nosotros, al volvernos conscientes, podemos colaborar con este proceso.

A menudo, los conflictos que el cuerpo manifiesta tienen su raíz en traumas no resueltos especialmente en la infancia , o en mandatos del inconsciente colectivo como ya mencionamos. Estos traumas permanecen "congelados" en el subconsciente, como si nuestra psique hubiera detenido su evolución frente al dolor. En palabras de Enric Corbera, “la enfermedad nos da la oportunidad de mirar aquello que, desde el subconsciente, nos está pidiendo ser reconocido.” Y es a partir de este nuevo proceso de nombrar y reconocer cuando se hace consciencia. 

Aceptar la enfermedad implica darnos el permiso de estar en un estado de reequilibrio biológico sin negarla ni temerle. Cuando reconocemos los síntomas, reconocemos el miedo que se despierta, nos abrimos a la posibilidad de comprender el conflicto emocional que los originó. Al hablar de lo que sentimos, al revisar nuestras heridas de infancia y al ponerle nombre a nuestras experiencias, comenzamos un proceso de sanación que no solo transforma nuestro cuerpo, sino también nuestra psique. Este proceso no siempre es fácil. La enfermedad desafía creencias familiares y sociales profundamente arraigadas. A menudo, las familias ven la enfermedad como algo negativo o vergonzoso, reforzando la idea de que es un castigo o una maldición. Sin embargo, esta percepción puede y debe cambiar.

La enfermedad no es solo biología ni una simple consecuencia de factores externos como el clima. Según las cinco leyes biológicas de Hamer, “cada síntoma tiene su origen en un conflicto biológico específico y representa una solución que el cuerpo pone en marcha para recuperar el equilibrio.” si se nombra se revela al consciente y luego nos enteramos cuando ya el mismo cuerpo está haciendo frente a algo que estaba profundamente guardado. Es cierto que algunas personas, debido a su contexto o a la profundidad del conflicto, no logran enfrentarlo, lo que puede llevar a desenlaces extremos como la muerte. Sin embargo, muchas otras encuentran en la enfermedad una oportunidad para despertar, transformar sus historias de vida y reconectarse con su propósito más elevado.

Reconectarnos con la esencia

Cuando estamos desconectados de nuestra propia esencia—de la divinidad, de la espiritualidad o de lo que cada quien identifique como su fuente de sabiduría interior—perdemos la capacidad de reconocer los mensajes de nuestro cuerpo. Este estado de desconexión se refleja en lo que podemos llamar "ignorancia espiritual", una ceguera hacia los procesos internos que necesitan atención, finalmente una pérdida de fé.

Al aceptar la enfermedad y observarla como un mensaje, no solo sanamos el cuerpo, sino que también rompemos con patrones de ignorancia emocional y espiritual, con el estado de duelo y nos abocamos a una reconfiguración de la historia de vida y una reconciliación con la divinidad. Entonces es cuando la enfermedad se transforma en una herramienta de aprendizaje, podemos decir que hemos pasado de un estado de ignorancia, a un estado de conexión esencial, si se quiere en una fase de crecimiento que nos permite reconfigurar nuestra percepción de la vida, la muerte y nuestra relación con el universo. Se trata de darnos el permiso de estar en estado de reequilibrio biológico aceptando y no negando lo que nos está pasando. Cuando aparece un síntoma, el cuerpo nos está diciendo que es hora de prestar atención. Aunque puede resultar incómodo o doloroso, hablar de lo que sentimos es fundamental para comenzar un proceso de sanación.

Aceptar la enfermedad como un acto de amor y evolución

La enfermedad no llega para castigarnos ni porque el cuerpo “falle”. Por el contrario, el cuerpo es un sistema perfecto que responde a un conflicto interno y busca restablecer el equilibrio. Según Hamer, “cuando aparecen los síntomas, el conflicto ya está en resolución; la enfermedad es el reflejo del esfuerzo del cuerpo por sanar.”

Es aquí donde cambiar nuestra relación con la enfermedad es clave. En lugar de rechazarla o temerla, podemos mirarla desde el amor y entenderla como una aliada en nuestro camino de transformación. Este cambio de perspectiva nos permite reconocer que la enfermedad es una oportunidad para evolucionar, sanar heridas de la infancia y conectar con aspectos de nuestra historia que han permanecido en el subconsciente.

El cuerpo manifiesta lo que la psique no puede procesar conscientemente. Por eso, síntomas como un simple dolor, una tensión en el cuello o incluso enfermedades más complejas son mensajes de nuestra biología para despertar nuestra conciencia. Como explica Enric Corbera, “la enfermedad es la oportunidad de mirar hacia dentro y descubrir las creencias, emociones y memorias que necesitamos transformar.” Por ello es que el  cuerpo busca la solución biológica inmediata, ya está solucionando el conflicto desde la biología que ha estado guardado en la psiquis o en la historia familiar o en la de la infancia o en el subconsciente. 

Tercer punto Hablar: la llave hacia la sanación

El tercer pilar fundamental en este proceso de sanación es expresar lo que sentimos. Guardar el dolor o el conflicto en silencio solo perpetúa el desequilibrio emocional y biológico. Al hablar, ya sea con una persona de confianza, con quien sentimos que nos ha vulnerado, o incluso escribiendo nuestras emociones, liberamos lo que hemos retenido y damos un paso crucial hacia la sanación.

Por ejemplo, si te sientes herida por alguien, puedes utilizar frases que reconozcan tus emociones y establezcan límites:

  • “Me estoy sintiendo atacada por ti porque estás excediendo tu autoridad.”
  • “En este momento me siento vulnerada, y eso me lleva a resistirme y reaccionar de manera defensiva.”
  • “Recuerdo un momento en mi infancia cuando me trataste de esta manera y me sentí igual que ahora.”

Hablar en estos términos permite no solo expresar lo que sientes, sino también conectar con la raíz del conflicto: la herida de la infancia. A menudo, en esos momentos de tensión, reaparece la niña interior que vivió el trauma inicial, trayendo consigo emociones como la parálisis, la ira o el miedo. Es importante no reaccionar impulsivamente, sino accionar desde un lugar de conciencia y madurez, conectando con el corazón y estableciendo una comunicación clara y honesta.

Si la otra persona no está lista para escuchar, recuerda que este proceso es principalmente para ti. Puedes escribir una carta o buscar un lugar seguro para expresar lo que sientes. Al liberar esas emociones, el cuerpo también se libera. Como un sistema perfectamente diseñado, el cuerpo tiene la capacidad de autorregularse y sanar cuando la mente está alineada con el corazón.

Transformar la enfermedad en conciencia y evolución

La enfermedad es una maestra que nos invita a reconfigurar nuestra relación con nosotros mismos, con los demás y con la vida. No se trata solo de una experiencia biológica; es un proceso de crecimiento espiritual y emocional. Al hablar de lo que sentimos, aceptar nuestras emociones y comprender el mensaje detrás de los síntomas, comenzamos a sanar no solo el cuerpo, sino también las heridas más profundas de nuestra historia.

Es importante recordar que, como dice Hamer en su teoría de las cinco leyes biológicas, “el cuerpo no se enferma por azar ni por factores externos, sino porque responde a un conflicto biológico guardado en la psique que busca resolverse.” Al aceptar este paradigma, dejamos de ver la enfermedad como una amenaza y empezamos a verla como una oportunidad para transformarnos.

Cada uno de estos pasos—aceptar, nombrar y expresar—es una pieza fundamental en el proceso de reequilibrio biológico. A través de ellos, no solo sanamos físicamente, sino que también rompemos con patrones familiares, sociales y espirituales que nos han limitado. Es un proceso de crecimiento, un proceso de evolución, de autotransformación constante, que nos muestra nuestros errores para aprender de ellos. Podremos sentirnos de nuevo vulnerables y con miedo y en resistencia. Y ahí es el momento perfecto para que recuerdes que debes conectar con más fuerza con tu corazón para que comiences a comunicarte de otra manera con tu cuerpo, con tu proceso de sanidad. 

Un cuerpo que se afloja, se relaja y fluye es un mecanismo perfecto que engrana perfectamente y entra en equilibrio. Si tu mente se siente así el cuerpo tiene todas las herramientas para reconfigurarse, para lograr el reequilibrio después de lo que llamamos “enfermedad” porque ella viene para que te enteres de aquello que no has manifestado o no has atendido con el tiempo. 

Sanar es un acto profundo de amor hacia nosotros mismos. La enfermedad, lejos de ser un castigo, es un llamado a mirar lo que hemos ignorado, a transformar lo que nos limita y a reconectar con nuestra esencia. Es el cuerpo, la mente y el alma trabajando juntos para llevarnos hacia un estado de equilibrio y plenitud.

Al reconocer el conflicto, nombrarlo y expresarlo, no solo liberamos nuestro cuerpo, sino también nuestra historia. Así, comenzamos a vivir desde un lugar de conciencia, amor y evolución constante. La enfermedad, entonces, deja de ser un enemigo para convertirse en una puerta hacia la transformación.

Por: Sandra Liliana Daza Cuartas

 


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