El agua y su relación con los estados meditativos


Hace un tiempo les compartí una experiencia relacionada con el agua. Durante una sesión terapéutica, se abrió en mí una memoria akáshica donde recordé que, en otra vida, fui una niña pequeña que murió ahogada bajo las grandes olas del mar. Desde entonces comprendí por qué cargaba, en esta vida, con una sensación de culpa y miedo cada vez que entraba al agua para nadar. Esa relación con el mar —intensa y desafiante— la he ido sanando poco a poco, y hoy siento que ya la he superado.

Hasta hace poco, cuando me sumergía en alta mar y no había suelo donde apoyar los pies, se activaba en mí una memoria que me generaba ansiedad y temor. Era como si entre líneas de tiempo se reabriera esa herida. Sin embargo, en el último mes algo cambió: ahora me siento mucho más plena, relajada y en paz al estar en el agua.

Quiero compartirles esto porque está profundamente relacionado con la higiene mental. ¿A qué me refiero? A esa capacidad de limpiar la mente de pensamientos negativos, vanos o pesimistas —lo que yo llamo “cucarachas mentales”—, para que no interfieran en la manifestación de la realidad que estamos creando. Cultivar la paz interior y la serenidad es la base para cualquier proceso creativo en la vida.

Cuando alcanzamos esa quietud, dejamos de atraer pensamientos de catástrofes, angustias o preocupaciones. Sumergirse en el agua —ya sea en el mar, un río, una piscina o un lago— se convierte en una oportunidad. Al nadar o bucear, el cuerpo entra en un estado de silencio y placer que no surge desde la mente, sino desde la experiencia pura del sentir.

En este proceso, la respiración juega un papel fundamental. Aprender a respirar correctamente permite realizar mejores apneas, permanecer más tiempo sumergidos y, con ello, alcanzar ese estado de higiene mental. Estando debajo del agua, libres de pensamientos, podemos disfrutar del momento presente, observar la belleza del entorno marino: los peces que flotan inmóviles, el vaivén suave de las algas, la inmensidad silenciosa que nos rodea. Es en esa entrega donde desaparece el miedo y surge una libertad total y plena.


La sensación es comparable a regresar al vientre materno: un lugar de plenitud y tranquilidad, donde los sonidos son distintos y la calma lo abarca todo. Es volver a las aguas del origen. Y en esa experiencia se abre también un aprendizaje: confiar. Confiar en que hay suficiente aire en los pulmones, en que el cuerpo sabrá regresar a la superficie, en que siempre podremos tomar una nueva bocanada de vida. Confiar en la existencia misma, en que está bien dejar atrás el miedo para permitirnos disfrutar del placer de vivir.

Esa plenitud no se limita al agua. Se manifiesta en lo cotidiano: al contemplar el cielo en la mañana, al observar las formas y colores de las nubes, al sentir el viento en la piel o la luz filtrándose suavemente a través del vidrio. Son momentos de belleza que nos abren la percepción y nos permiten ver la vida desde otra frecuencia. Es en esa mirada estética, en esa contemplación, donde surge el verdadero placer de estar vivos. Y para recibir plenamente la vida no se necesita abundancia material, sino la capacidad de reconocer la belleza en lo simple, en donde sea que estemos y bajo cualquier circunstancia.

Hoy, más que nunca, somos co-creadores de nuestra realidad junto a otros. Esa responsabilidad nos invita a abrir espacios en la mente, a liberarnos de las “cucarachas mentales” para crear desde la claridad. Cuando lo hacemos, atraemos los lugares, entornos y personas con las que realmente queremos compartir nuestra frecuencia. Y esa vibración de paz y serenidad no se queda en nosotros: se transmite, se expande y otros la reciben, incluso de manera sutil o telepática.

Espero que estas palabras resuenen contigo, que lleguen a tu corazón y te ayuden a reconocer algo de lo que ya habita en ti. Toma lo que necesites y pásalo por el filtro de tu sentir, siempre desde el amor.

Bolonik
En servicio planetario y de ascensión.

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