Imaginación
Del libro: Importancia del arte en el despestar espiritual. En memoria de mi padre
Capítulo 6: Mente y Pensamiento. Imaginación
Corregido el 25 mayo de 2023. 13 de febrero de 2025, 29 de julio de 2025 19 de enero de 2026
Aquí quiero narrar una anécdota cuando
era niña y vivía en casa de una tía, lejos de mi madre y mi hermano que eran mi
familia nuclear. Esta nueva situación, en la nueva casa, la nueva familia y la
nueva ciudad hizo de mí una niña elevada – mi madre muchas veces lo repetía
¡porque está elevada!, ¡mire no pone cuidado por estar en otro mundo!!!- con
elevada me refiero ida mentalmente, con poca atención, en otros estados más
sutiles de la mente. Este estado fue un refugio, un escape que me permitía
encontrarme a mí misma en estados imaginarios que me hacían feliz, al no tener
a mi lado a los seres amados. Recuerdo que en el patio central de la nueva casa
donde vivía hacia los 9 años, había unas plantas colgantes que se dejaban caer
casi hasta el suelo, eran muchas, y yo imaginaba estar en un castillo,
atravesando grandes jardines colgantes y me paseaba jugando a través de estas
plantas, moviéndome, casi danzando y visualizándome como una princesa en su
castillo. Estas prácticas de visualización e imaginación fueron un refugio, en
un tiempo en el que la soledad y el no entenderme dentro de la nueva familia
que me recibía, fueron estados de no contentamiento con la vida.
Pareciera entonces que estos
estados imaginarios se convirtieran en verdaderos viajes interdimensionales, o
en formas sutiles de habitabilidad en otras líneas de tiempo y de conciencia;
no como evasiones infantiles, sino como una práctica espiritual espontánea, un
entrenamiento silencioso que se nos hacía natural en la niñez gracias a la
potencia de la imaginación, la inocencia intacta y el estado de asombro
permanente en el que vivíamos
. Desde esta comprensión más
profunda, la imaginación no sería un accidente de la mente ni un simple juego
simbólico, sino una herramienta que nos fue otorgada en esta existencia como
parte de un plan de vida estructurado antes de encarnar en este plano. Aquello
que somos capaces de imaginar no surge al azar: responde a memorias del alma, a
rutas ya inscritas en nuestra conciencia, a experiencias que buscan ser
recordadas, exploradas o integradas. Si algo puede ser imaginado con fuerza,
recurrencia y sentido, es porque de algún modo forma parte del trayecto vital que
vinimos a desplegar. En la infancia, cuando la mente aún no ha sido domesticada
por la lógica rígida del mundo adulto, ese acceso se encuentra abierto; por eso
los niños transitan esos “otros mundos” con naturalidad, aprendiendo de ellos
sin nombrarlos, habitándolos sin miedo, como quien reconoce un territorio que,
aunque invisible, le resulta profundamente familiar.
Otra de las anécdotas que me
lleva hacer la correlación entre imaginación, líneas de tiempo y
cohabitabilidad entre tiempos, es que mi padre cuando estaba en vida y convivía
con mi madre tenía una frase que le decía a ella: “vieja vámonos para el otro mundo con los niños” una frase salida
de lo profundo de una psiquis convulsa tal vez, y también, incomprensible para
una joven como mi madre en ese momento, para la que los intereses estaban
puestos en la familia y la crianza de los niños. Pero también una forma de
establecerse o habitar en una dimensión de la que posiblemente mi padre también
era testigo, sin poder expresarlo de manera clara y precisa en lo social,
siempre he dicho que todos tenemos algo de locos y no cuerdos.
Imaginación, locura y la cohabitación de mundos
Pareciera entonces que estos estados imaginarios que habitábamos
de niños fueran, en realidad, una forma muy concreta de viajar. Viajes
interdimensionales, auténticas cohabitaciones con otros planos de existencia
que, en su momento, no sabíamos nombrar, pero que sentíamos profundamente
reales. La imaginación no era solo un juego; era una manera de mantener viva la
relación con lo invisible, con lo no dicho, con los mundos sutiles que nos
hablaban en silencio.
Recuerdo cómo en mi infancia esas vivencias eran casi una práctica
espiritual espontánea. Nadie se escandalizaba si uno hablaba solo o decía tener
“amigos invisibles”. Y no era delirio. Era una
forma de relación directa con el alma. Jugábamos
con los velos de la realidad sin saberlo. Y eso era entrenamiento.
Entrenamiento para sostener múltiples realidades en simultáneo sin romperse por
dentro. Como si la imaginación fuera el puente entre
esta dimensión y otras más sutiles que nos contenían.
Una de las anécdotas que siempre me vuelve cuando pienso en estas
conexiones entre imaginación y tiempo es la frase que mi padre solía decirle a
mi madre:
“Vieja, vámonos para el otro mundo con los niños.” Una frase
misteriosa, que entonces me sonaba extraña, pero que con los años he ido
comprendiendo. No era un desvarío sin sentido. Era un
anhelo profundo por habitar otra realidad, menos rígida, más suave para el
alma. Tal vez una señal de que él, de alguna manera, también era
consciente de que existía otra dimensión donde todo dolía menos.
Siempre he creído que todos tenemos algo de locos y no cuerdos.
Pero no esa locura patológica, sino esa “locura sagrada” que —como decía Jung—
nos permite acercarnos a lo esencial. “Un poco de locura es indispensable para
que el alma viva.” —C. G. Jung
Desde esta mirada, la imaginación no es evasión, sino
creación de significado. Cuando la realidad externa se
vuelve estrecha, dura o desalmada, la imaginación puede ser una vía de regreso
al alma. No para huir, sino para recordarnos que hay otros modos de estar,
otras frecuencias de vivir. Quien imagina no está perdido: está buscando
sentido en un mundo que muchas veces ha olvidado cómo sentir.
Así, lo que parecía una fantasía infantil, o una expresión
insólita de un padre amoroso pero confuso, se revela como un puente hacia otras
realidades, hacia otras posibilidades de existencia. “Irse al otro mundo” no
era una metáfora de muerte, sino un deseo de habitar lo sutil, lo esencial, lo
no contaminado. Un anhelo legítimo de volver al alma.
Ken Wilber lo explica desde su modelo integral: la
salud psíquica no se encuentra en reprimir las dimensiones internas, sino en
integrarlas. La locura no es tanto un exceso de imaginación, sino la falta de
estructura para contenerla. El alma necesita poder desplegar su visión sin que
eso implique romperse. Por eso, una conciencia evolutiva es
aquella que puede vivir en el mundo externo sin traicionar el mundo interno.
Cuando somos capaces de sostener ambas realidades —la visible y la
invisible, la cuerda y la intuitiva— entonces la imaginación se vuelve visión,
y la visión se convierte en sabiduría. Es ahí cuando podemos mirar al mundo, no
desde el desquicio, sino desde una profundidad transformadora.
Conclusión
Desde
una mirada que integra la corrección del lenguaje y la comprensión neurológica,
la imaginación se revela no como un desvío de la realidad, sino como una
función esencial de la mente humana para procesar la experiencia, regular el
dolor y expandir la conciencia. Neurológicamente, imaginar activa redes
complejas que articulan memoria, emoción y proyección futura; espiritualmente,
permite tender puentes entre lo vivido y lo sentido, entre lo visible y lo
invisible. En la infancia, esta capacidad emerge con naturalidad como un
mecanismo de protección y aprendizaje; en la adultez, puede transformarse en
vía creativa, simbólica y de sentido, siempre que encuentre un marco que la
contenga. Así, la imaginación no es locura ni evasión, sino una forma profunda
de inteligencia del alma: un espacio donde la mente se reorganiza, el dolor se
sublima y la conciencia ensaya otras maneras de habitar el mundo. Integrarla,
sin negarla ni absolutizarla, es quizás uno de los actos más lúcidos de salud
psíquica y madurez espiritual.
Texto y dibujos: Sandra Daza - Bolonik


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