Imaginación

 Del libro: Importancia del arte en el despestar espiritual. En memoria de mi padre 

Capítulo 6: Mente y Pensamiento. Imaginación

Corregido el 25 mayo de 2023. 13 de febrero de 2025, 29 de julio de 2025 19 de enero de 2026


La imaginación es una capacidad con la que nacemos y que se desarrolla principalmente en la infancia, en la consolidación de un banco de datos, en este caso de imágenes y que más adelante se desarrollará como pensamiento visual. Es de allí de donde tomamos para imaginar. Sin embargo, la imaginación, se da de manera desprevenida, sin exigencias y responde más a un sentir y necesidad del ser humano primero para el aprendizaje en la infancia, y luego de adultos hacia el escape del mundo físico, hacia otra manera de estados oníricos del ser. También podemos decir que es una manera da activar el lado izquierdo del cerebro, y de equilibrar el estado de realidad que ofrece la experiencia en lo físico.  Es el primer paso o nivel para acceder al mundo de las imágenes y la creación de realidad a partir de ella. Podemos pensar en un niño de 7 años, el que imagina de manera desprevenida libre y sin exigencias cualquier estado, momento, situación, objeto que se le pase por su mente, sin necesidad de darle una intención a su imaginación. Este es el banco de datos para llegar a la creación, por ejemplo, la creación de obras de arte plástico o de diseño.

Aquí quiero narrar una anécdota cuando era niña y vivía en casa de una tía, lejos de mi madre y mi hermano que eran mi familia nuclear. Esta nueva situación, en la nueva casa, la nueva familia y la nueva ciudad hizo de mí una niña elevada – mi madre muchas veces lo repetía ¡porque está elevada!, ¡mire no pone cuidado por estar en otro mundo!!!- con elevada me refiero ida mentalmente, con poca atención, en otros estados más sutiles de la mente. Este estado fue un refugio, un escape que me permitía encontrarme a mí misma en estados imaginarios que me hacían feliz, al no tener a mi lado a los seres amados. Recuerdo que en el patio central de la nueva casa donde vivía hacia los 9 años, había unas plantas colgantes que se dejaban caer casi hasta el suelo, eran muchas, y yo imaginaba estar en un castillo, atravesando grandes jardines colgantes y me paseaba jugando a través de estas plantas, moviéndome, casi danzando y visualizándome como una princesa en su castillo. Estas prácticas de visualización e imaginación fueron un refugio, en un tiempo en el que la soledad y el no entenderme dentro de la nueva familia que me recibía, fueron estados de no contentamiento con la vida. 

Pareciera entonces que estos estados imaginarios se convirtieran en verdaderos viajes interdimensionales, o en formas sutiles de habitabilidad en otras líneas de tiempo y de conciencia; no como evasiones infantiles, sino como una práctica espiritual espontánea, un entrenamiento silencioso que se nos hacía natural en la niñez gracias a la potencia de la imaginación, la inocencia intacta y el estado de asombro permanente en el que vivíamos

. Desde esta comprensión más profunda, la imaginación no sería un accidente de la mente ni un simple juego simbólico, sino una herramienta que nos fue otorgada en esta existencia como parte de un plan de vida estructurado antes de encarnar en este plano. Aquello que somos capaces de imaginar no surge al azar: responde a memorias del alma, a rutas ya inscritas en nuestra conciencia, a experiencias que buscan ser recordadas, exploradas o integradas. Si algo puede ser imaginado con fuerza, recurrencia y sentido, es porque de algún modo forma parte del trayecto vital que vinimos a desplegar. En la infancia, cuando la mente aún no ha sido domesticada por la lógica rígida del mundo adulto, ese acceso se encuentra abierto; por eso los niños transitan esos “otros mundos” con naturalidad, aprendiendo de ellos sin nombrarlos, habitándolos sin miedo, como quien reconoce un territorio que, aunque invisible, le resulta profundamente familiar.

Otra de las anécdotas que me lleva hacer la correlación entre imaginación, líneas de tiempo y cohabitabilidad entre tiempos, es que mi padre cuando estaba en vida y convivía con mi madre tenía una frase que le decía a ella: “vieja vámonos para el otro mundo con los niños” una frase salida de lo profundo de una psiquis convulsa tal vez, y también, incomprensible para una joven como mi madre en ese momento, para la que los intereses estaban puestos en la familia y la crianza de los niños. Pero también una forma de establecerse o habitar en una dimensión de la que posiblemente mi padre también era testigo, sin poder expresarlo de manera clara y precisa en lo social, siempre he dicho que todos tenemos algo de locos y no cuerdos.

Imaginación, locura y la cohabitación de mundos

Pareciera entonces que estos estados imaginarios que habitábamos de niños fueran, en realidad, una forma muy concreta de viajar. Viajes interdimensionales, auténticas cohabitaciones con otros planos de existencia que, en su momento, no sabíamos nombrar, pero que sentíamos profundamente reales. La imaginación no era solo un juego; era una manera de mantener viva la relación con lo invisible, con lo no dicho, con los mundos sutiles que nos hablaban en silencio.

Recuerdo cómo en mi infancia esas vivencias eran casi una práctica espiritual espontánea. Nadie se escandalizaba si uno hablaba solo o decía tener “amigos invisibles”. Y no era delirio. Era una forma de relación directa con el alma. Jugábamos con los velos de la realidad sin saberlo. Y eso era entrenamiento. Entrenamiento para sostener múltiples realidades en simultáneo sin romperse por dentro. Como si la imaginación fuera el puente entre esta dimensión y otras más sutiles que nos contenían.

Una de las anécdotas que siempre me vuelve cuando pienso en estas conexiones entre imaginación y tiempo es la frase que mi padre solía decirle a mi madre:

“Vieja, vámonos para el otro mundo con los niños.” Una frase misteriosa, que entonces me sonaba extraña, pero que con los años he ido comprendiendo. No era un desvarío sin sentido. Era un anhelo profundo por habitar otra realidad, menos rígida, más suave para el alma. Tal vez una señal de que él, de alguna manera, también era consciente de que existía otra dimensión donde todo dolía menos.

Siempre he creído que todos tenemos algo de locos y no cuerdos. Pero no esa locura patológica, sino esa “locura sagrada” que —como decía Jung— nos permite acercarnos a lo esencial. “Un poco de locura es indispensable para que el alma viva.” —C. G. Jung

Desde esta mirada, la imaginación no es evasión, sino creación de significado. Cuando la realidad externa se vuelve estrecha, dura o desalmada, la imaginación puede ser una vía de regreso al alma. No para huir, sino para recordarnos que hay otros modos de estar, otras frecuencias de vivir. Quien imagina no está perdido: está buscando sentido en un mundo que muchas veces ha olvidado cómo sentir.

Así, lo que parecía una fantasía infantil, o una expresión insólita de un padre amoroso pero confuso, se revela como un puente hacia otras realidades, hacia otras posibilidades de existencia. “Irse al otro mundo” no era una metáfora de muerte, sino un deseo de habitar lo sutil, lo esencial, lo no contaminado. Un anhelo legítimo de volver al alma.

Ken Wilber lo explica desde su modelo integral: la salud psíquica no se encuentra en reprimir las dimensiones internas, sino en integrarlas. La locura no es tanto un exceso de imaginación, sino la falta de estructura para contenerla. El alma necesita poder desplegar su visión sin que eso implique romperse. Por eso, una conciencia evolutiva es aquella que puede vivir en el mundo externo sin traicionar el mundo interno.

Cuando somos capaces de sostener ambas realidades —la visible y la invisible, la cuerda y la intuitiva— entonces la imaginación se vuelve visión, y la visión se convierte en sabiduría. Es ahí cuando podemos mirar al mundo, no desde el desquicio, sino desde una profundidad transformadora.

Conclusión

Desde una mirada que integra la corrección del lenguaje y la comprensión neurológica, la imaginación se revela no como un desvío de la realidad, sino como una función esencial de la mente humana para procesar la experiencia, regular el dolor y expandir la conciencia. Neurológicamente, imaginar activa redes complejas que articulan memoria, emoción y proyección futura; espiritualmente, permite tender puentes entre lo vivido y lo sentido, entre lo visible y lo invisible. En la infancia, esta capacidad emerge con naturalidad como un mecanismo de protección y aprendizaje; en la adultez, puede transformarse en vía creativa, simbólica y de sentido, siempre que encuentre un marco que la contenga. Así, la imaginación no es locura ni evasión, sino una forma profunda de inteligencia del alma: un espacio donde la mente se reorganiza, el dolor se sublima y la conciencia ensaya otras maneras de habitar el mundo. Integrarla, sin negarla ni absolutizarla, es quizás uno de los actos más lúcidos de salud psíquica y madurez espiritual.


Texto y dibujos: Sandra Daza - Bolonik

 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

PORTAL DEL LEON - ENRAIZAR TU ENERGÍA JUNTO CON EL COLECTIVO

VOLVIENDO AL TIEMPO NATURAL

CÓMO LAS EMOCIONES NOS AYUDAN A MODULAR LA FRECUENCIA VIBRATORIA DIARIA