Una de las escenas más hermosas de la literatura es la del Principito y el zorro. El Principito quiere jugar con el zorro, pero este le dice que no puede. Cuando el Principito le pregunta qué significa eso, el zorro le explica que “crear lazos” requiere tiempo y cuidado.
Para hacerlo, le propone un ejercicio muy interesante: “Mira, vas a venir todos los días a la misma hora.”
—¿Y me voy a sentar? —pregunta el Principito.
—Sí —responde el zorro—. Al día siguiente, vendrás a la misma hora y te sentarás un poco más cerca. No hables. No tienes que hablar, porque las palabras suelen traer muchos malos entendidos.
Y entonces el zorro le dice algo precioso:
“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, desde las tres comenzaré a estar feliz a medida que se acerque la hora. Me sentiré más feliz, y a las cuatro me agitaré, me inquietaré y descubriré el precio de la felicidad. Pero si vienes en cualquier momento, no sabré cuándo preparar mi corazón.
Los ritos son necesarios. Tiempo. Proximidad. Ritmo. No intensidad. No promesas. Los vínculos no se construyen de golpe; se construyen así: repitiendo encuentros, creando ritos y dejando que el corazón se prepare.”
Queremos relaciones profundas, pero sin constancia. Queremos confianza, pero sin presencia. Queremos lazos, pero sin tiempo compartido. Eso no existe. Porque querer a alguien también implica esto: darle tiempo, espacio y repetición. Recordar la fórmula del zorro inteligente: todos los días, a la misma hora.
Bolonik dando sentido

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