LA IMPORTANCIA DEL DIAFRAGMA Y EL NERVIO VAGO A TRAVÉS DE LA RESPIRACIÓN
En el anterior post, contaba sobre el nervio vago y su relación con la postura de cuello y la cabeza baja, también hablamos de las emociones y las frecuencias vibratorias y seguimos con el tema ampliando un poco mas sobre:
Restricción del Diafragma
Porque si lo miras bien, todo esto no empieza de golpe. Empieza suave, casi silencioso. Empieza cuando te sientas “un momentico” con el celular, cuando dejas caer los hombros, cuando la espalda se encorva apenas… y poco a poco el cuerpo se va adaptando a esa forma.
Esa forma que termina siendo casi una “maleta” en la espalda, esa especie de joroba que se va marcando con los años, sobre todo cuando no hay conciencia. Y sí, se vuelve mucho más evidente en la adultez mayor, pero no aparece ahí por arte de magia… se viene construyendo desde ahora.
Entonces, si no sostenemos una buena postura —bien sentados, con la columna alineada— esa espalda cada vez se encorva más. Y en ese encorvarse, empiezan a pasar cosas que no vemos, pero que el cuerpo sí siente.
Los músculos del cuello se tensan.
Las vías del nervio se comprimen.
Y el nervio vago… se irrita.
Y aquí es donde todo empieza a conectarse con lo que ya veníamos hablando.
Porque cuando hay una mala postura, también hay una disminución del tono vagal. Y eso, dicho en palabras simples, es que el cuerpo pierde capacidad de regularse. Pierde esa habilidad de “barrer”, de relajarse, de bajar la inflamación, de digerir con calma.
Entonces el cuerpo entra en otra lógica.
En la lógica del estrés.
Como si todo el tiempo hubiera una amenaza. Como si siempre estuviéramos en ese estado de lucha o huida. El sistema nervioso lo interpreta así, y se activa el sistema simpático para todo: para pensar, para digerir, para descansar… para todo.
Y ahí empiezan a aparecer señales que muchas veces normalizamos:
ansiedad constante, fatiga, problemas digestivos, mareos, rigidez en el cuello…
La restricción del diafragma.
Aquí quiero que te detengas conmigo un momento.
Porque la vez pasada hablábamos de cómo la postura encorvada hace que la respiración se vuelva superficial. Y ahora vamos a entender por qué.
Cuando el pecho está abierto —eso que en yoga llaman “corazón abierto”— hay espacio. Espacio para respirar, para expandirse, incluso para sentir. Es un gesto físico, pero también es algo más sutil: es apertura.
Abrir el pecho es como abrir los brazos. Es disposición. Es recibir.
Pero cuando nos encorvamos, todo eso se cierra.
Los hombros caen hacia adelante.
El pecho se hunde.
El corazón se protege.
Y en ese cierre… el diafragma se recoge.
El diafragma es ese músculo que separa dos mundos dentro de ti: arriba, el corazón y los pulmones; abajo, todos los órganos digestivos. Es como una membrana, una especie de “pantalla viva” que sube y baja, que se abre y se cierra.
Y en el centro tiene un pequeño anillo por donde pasa el esófago, conectando con el estómago.
Ahora, imagina esto:
Cuando respiras bien, los pulmones se llenan completamente. Desde abajo hasta arriba. El pecho se expande, el corazón tiene espacio, y el diafragma desciende y se mueve con libertad.
Pero cuando no respiras bien… todo eso cambia.
La respiración se queda corta.
Superficial.
A medias.
Y entonces el cuerpo compensa respirando desde el abdomen.
Y aquí viene algo importante: esa respiración no es la que debería acompañarte todo el día.
Yo misma lo entendí en una práctica de yoga.
El profesor nos pidió acostarnos sobre un bloque de madera, colocado justo a la altura de la línea del brasier. Me acosté… y lo que sentí fue incomodidad, incluso dolor. Y además, una sensación clara: no podía respirar bien.
Cuando le pregunté, la respuesta fue simple, pero reveladora:
Estaba respirando con el abdomen, no con los pulmones.
Porque sí, estamos muy acostumbrados a ver que el abdomen sube y baja al respirar, pero en una respiración natural, continua, del día a día… el movimiento debería ir hacia otro lugar.
Hacia arriba (vertical).
Y hacia los lados (horizontal - expansiva).
Como si el cuerpo se alargara primero… y luego se expandiera.
Esa es la respiración que permite que el diafragma se mueva correctamente. Que se expanda y se contraiga. Que haga su trabajo.
Porque cuando eso no pasa, el cuerpo lo siente.
Yo lo sentía en la espalda, en la zona dorsal y lumbar. Ese dolor no era casualidad. Era una señal. El cuerpo diciendo: “por aquí no es”.
Y cuando empecé a cambiar la forma de respirar, a llevar el aire hacia la parte alta del pecho, a expandirme… el dolor desapareció.
Así de claro.
Porque el diafragma empezó a moverse como debía.
Y aquí viene algo hermoso de entender: El diafragma es el mayor masajeador del corazón.
Cada vez que respiras bien, ese músculo sube y baja, y en ese movimiento le da un masaje suave al corazón. Lo acompaña. Lo sostiene. Le permite trabajar con más facilidad.
Pero cuando el diafragma está rígido… ese masaje no ocurre.
Y el corazón se queda ahí, más estático, más forzado.
Entonces, cuando hablamos de respiración, no estamos hablando solo de “tomar aire”.
Estamos hablando de cómo se regula tu sistema nervioso.
De cómo se comporta tu corazón.
De cómo digieres.
De cómo sientes.
Y sí, también de cómo estás relacionándote con ese nervio vago que atraviesa todo tu cuerpo, como un árbol que va ramificándose, conectando órganos, llevando información, regulando.
Por eso, la pregunta no es menor.
¿Cómo estás respirando hoy?
Ejercicio 1: Respiración toráxica consciente (reeducando el movimiento)
Este es básico, pero poderoso si lo haces con atención.
Cómo hacerlo:
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Siéntate con la espalda recta (sin rigidez, pero erguida).
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Coloca una mano en el pecho y la otra en el abdomen.
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Inhala lentamente por la nariz, llevando el aire hacia el pecho.
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Siente cómo se eleva la mano del pecho.
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Intenta que la mano del abdomen se mueva lo menos posible.
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Exhala suave por la boca o la nariz, dejando que el pecho descienda.
Ritmo:
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Inhala en 4 segundos
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Exhala en 6 segundos
Hazlo durante 3 a 5 minutos.
Clave importante:
No se trata de forzar el abdomen a quedarse quieto, sino de invitar al aire a subir. Es una reeducación, no una imposición.
🌿 Ejercicio 2: Expansión torácica en 3 direcciones
Aquí ya empezamos a darle más inteligencia al cuerpo.
Cómo hacerlo:
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Siéntate o quédate de pie con buena postura.
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Coloca tus manos en las costillas (a los lados del pecho).
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Inhala por la nariz y lleva el aire en tres direcciones:
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Hacia arriba (el pecho se eleva)
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Hacia los lados (las costillas se expanden contra tus manos)
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Ligeramente hacia atrás (como si inflaras la espalda alta)
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Exhala lento, sintiendo cómo todo regresa suavemente.
Ritmo:
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Inhala en 4–5 segundos
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Sostén 2 segundos (sin tensión)
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Exhala en 6–7 segundos
Hazlo durante 4 a 6 minutos.
Clave importante:
Imagina que tu caja torácica es un paraguas que se abre en todas direcciones. No solo sube… se expande.
Si haces estos ejercicios con constancia, vas a empezar a notar algo interesante:
tu postura cambia casi sola…
tu cuerpo se abre…
y tu sistema nervioso empieza a bajar revoluciones sin que tengas que “hacer tanto”.
Porque en esa respuesta, hay mucho más de lo que parece.
Investigación y texto, Sandra Daza - Bolonik
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