LOS CUATRO VIENTOS Y LA NOCHE EN QUE EL VERANO ARDE

 

Hay lugares donde el viento no es solo aire en movimiento. Es memoria. Es una forma antigua de hablar de la tierra, de traer noticias de otros paisajes y de recordarnos que también nosotros somos parte de algo que gira, cambia y vuelve.

Los cuatro vientos tienen nombres que parecen pertenecer a un mapa secreto del mundo.

El Levante llega desde el Este con la luz recién nacida. Trae el rumor del amanecer, el brillo del mar y esa energía inquieta que levanta las velas y despierta las calles antes de que el día termine de abrir los ojos. Es un viento que empuja, que anuncia, que mueve lo que parecía dormido.

El Poniente viene del lugar donde el sol se despide. Tiene algo de nostalgia. Es el viento de las tardes largas, de las sombras que se alargan sobre la tierra y de las historias que comienzan cuando la jornada termina. Lleva consigo el color dorado de los últimos minutos del día.

Tramontana del  Norte baja con una voz más fría, más limpia. A veces parece traer consigo la memoria de las montañas y el silencio de los paisajes lejanos. Es un viento que despeja, que ordena, que deja el cielo con una claridad nueva.

Y Ábrego del Sur, especialmente cuando llega desde el sureste, trae consigo un viaje mucho más antiguo: el de las arenas del desierto. La calima convierte el aire en una frontera borrosa entre el cielo y la tierra. El polvo del Sáhara cruza el Mediterráneo como un mensaje perdido, cubriendo los tejados, tiñendo la luz y recordándonos que los continentes están más cerca de lo que creemos.

Bajo esa atmósfera dorada, el verano parece tener otro ritmo. El sol alcanza su punto más alto y la tierra celebra el solsticio de verano, ese instante en el que la luz parece querer quedarse un poco más. Desde tiempos remotos, el ser humano ha mirado esta noche como una puerta abierta entre lo visible y lo invisible.


La noche de San Juan conserva esa antigua fascinación. El fuego frente al mar, las hogueras, los deseos lanzados a las llamas, el agua como símbolo de renovación. Es una noche donde los elementos se encuentran: la tierra que guarda la memoria, el aire que trae los vientos, el fuego que transforma y el agua que limpia.



Quizás por eso celebramos esta noche con tanta intensidad. Porque el verano no empieza solamente en el calendario. Empieza cuando el viento cambia, cuando la luz se vuelve más lenta, cuando el cielo adquiere el color de la arena lejana y sentimos que algo antiguo vuelve a despertar dentro de nosotros.

Los cuatro vientos siguen girando. Y nosotros, pequeños viajeros bajo el sol, seguimos escuchando su canción.

Dibujo y texto: Sandra Daza - Bolonik

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