Después del terremoto:
A quienes conoces después del terremoto no les preguntes si esta bien, pregúntale qué siente
Hay un momento en toda experiencia de impacto en el que simplemente
sobrevivimos.
Durante el terremoto no pensamos demasiado. El cuerpo responde antes
que la mente: buscamos protegernos, ayudar, salir, llamar a alguien, abrazar a
nuestros hijos, mirar si nuestra casa sigue en pie.
Algunas personas corren.
Otras ayudan.
Otras se quedan paralizadas.
Algunas hablan sin parar.
Otras guardan silencio.
Y muchas, cuando alguien les pregunta:
—¿Cómo estás?
responden:
—Estoy bien.
Pero… ¿qué significa realmente estar bien después de haber sentido
que la tierra se mueve bajo nuestros pies?
Quizás todavía no lo sabemos.
Después del miedo llega el sentir
Ha
pasado ya más de una semana desde el terremoto que sacudió Colombia. Y cuando
el momento de emergencia comienza a quedar atrás, aparece otra etapa: aquella
en la que podemos empezar a preguntarnos qué nos ocurrió por dentro.
Durante
la crisis estamos tan inmersos en el miedo que muchas veces no alcanzamos a
reconocer nuestras propias emociones.
Después
pueden aparecer.
La
angustia.
El
miedo.
La
tristeza.
La
rabia.
La
nostalgia.
La
culpa.
La
vergüenza.
La
sensación de vulnerabilidad.
O
incluso emociones que no sabemos nombrar.
Y aquí
quiero detenerme en algo que considero fundamental:
no
necesitamos estar bien inmediatamente.
Necesitamos
poder sentir.
Necesitamos
poder reconocer.
Necesitamos
poder nombrar.
Porque
cuando puedo decir:
“Tengo
miedo”
ya no
estoy simplemente atrapada en una sensación indefinida.
Cuando
digo:
“Estoy
angustiada”
empiezo
a reconocer lo que está ocurriendo dentro de mí.
Cuando
digo:
“Estoy
triste”
le doy
un lugar a mi tristeza.
Nombrar
no elimina la emoción.
Pero
puede abrir un espacio de conciencia frente a ella.
¿Qué está pasando
realmente dentro de mí?
Quizás
después de una experiencia colectiva como esta deberíamos cambiar una pregunta.
En
lugar de preguntar:
¿Estás bien?
podríamos
preguntar:
¿Qué estás sintiendo?
Y
todavía más:
¿Dónde lo sientes en tu cuerpo?
Porque
una emoción no es únicamente una palabra.
Es
también una experiencia corporal.
Puede
aparecer como presión en el pecho, nudo en la garganta, tensión en el abdomen,
cansancio, temblor, aceleración del corazón o necesidad de llorar.
El
cuerpo habla incluso cuando todavía no encontramos las palabras.
Y
escuchar ese lenguaje es una forma de volver a nosotros mismos.
Narrar también es liberar
Hay otra
herramienta profundamente humana: contar lo sucedido.
Contar mi
historia.
No la historia
de las noticias.
No la versión
de otra persona.
No lo que le
pasó a mi vecino o a otros
Contar mi
propia historia.
¿Qué estaba
haciendo cuando ocurrió?
¿Qué vi?
¿Qué pensé?
¿A quién
busqué?
¿Qué hice?
¿A quién ayudé?
¿Qué fue lo que
más miedo me produjo?
¿En qué momento
sentí alivio?
¿Y qué siento
ahora, una semana después?
Cuando narramos
una experiencia con nuestras propias palabras comenzamos a darle una secuencia,
un significado y un lugar dentro de nuestra propia historia, también comenzamos
a hacer el proceso de integración de lo que pasó, una vez narrado lo sucedido
el cerebro comienza hacer nuevas sinapsis, y allí justo allí es cuando comienza
el aprendizaje y la integración de las nuevas lecciones, que harán de ti una
nueva persona después de lo sucedido, es a lo que le llamo “el regalo de la situación negativa”.
Hablar puede
ser una primera forma de catarsis.
Escribir
también, dibujar, llorar, caminar, respirar, querer estar sola, crear,
permanecer junto al mar, o junto a un árbol o simplemente tendida en el pasto,
abrazar, guardar silencio conscientemente. No existe una única manera de
procesar lo vivido, pues cada persona lo hace a su manera.
El egrégor del miedo
Desde una mirada
espiritual y esotérica podemos hablar de un egrégor como una forma energía
colectiva alimentada por pensamientos, emociones, creencias y palabras
compartidas, que se contagias al gran grupo, al complete de la ciudad o el
territorio en el que me encuentro.
En mi reflexión anterior hablaba
precisamente de cómo una experiencia colectiva puede sentirse en el cuerpo
incluso cuando no estamos físicamente en el lugar donde ocurrió.
Después de una
tragedia, las imágenes, las conversaciones, las noticias y las historias que
circulan pueden mantenernos conectados emocionalmente con el acontecimiento. A
esto podemos llamarlo egrégor. Podemos hablar también de contagio emocional,
memoria colectiva, empatía o impacto psicológico. No necesito decidir ahora
cuál de estas explicaciones es la definitiva.
Lo importante es
reconocer algo:
lo que ocurre a
nuestro alrededor puede afectarnos profundamente.
Y por eso
necesitamos aprender a distinguir:
¿Esto que siento
pertenece a esta experiencia concreta?
¿O estoy cargando
también emociones que he recibido de mi entorno, de los mas cercanos o de
aquellos que amo y están sufriendo? Porque puede pasar que tu eres una persona
mas resiliente y en cambio tu madre tu padre tu hijo hermano o esposo son mas
emocionales y pueda estarles afectando mas lo sucedido. Y en ese caso a veces
tomamos como propio lo que ellos sienten a manera de lealtad con ellos o de
apoyo emocional y acompañamiento. A veces se hace de manera inconsciente y no
entendemos que es el sentir del otro y no el mio propio.
El mapa de las emociones
Dentro de mi propio camino espiritual me ha resultado sugerente el mapa de niveles de conciencia y emociones desarrollado por David Hawkins.
Lo tomo aquí
como un mapa simbólico y espiritual, no como una escala científica para
medir objetivamente la frecuencia de una emoción.
Su utilidad,
para mí, está en hacernos una pregunta:
¿Desde dónde
estoy viviendo lo que me está sucediendo?
No se trata de
obligarnos a “subir la vibración”.
Y mucho menos de
decirle a alguien que acaba de vivir una experiencia traumática:
“Piensa
positivo.”
A veces esa
exigencia de estar bien puede convertirse en una nueva forma de negar lo que
sentimos.
Si tengo miedo,
necesito reconocer el miedo.
Si tengo rabia,
necesito reconocer la rabia.
Si estoy triste,
necesito reconocer la tristeza.
Si siento culpa,
necesito poder mirar esa culpa.
Además cuando lo reconozco puedo nombrarlo,
antes no puedo decir qué siento, sin hacer el ejercicio de instrospección, de
VER lo que pasa. No puedo transformar conscientemente aquello que primero me
niego a reconocer.
Del control emocional al
encuerpamiento
Durante
mucho tiempo hemos aprendido a controlar las emociones.
“Contrólate.”
“No
llores.”
“Sé
fuerte.”
“Ya
pasó.”
“Todo
está bien.”
Pero
una emoción no desaparece necesariamente porque decidamos ignorarla.
Por
eso propongo otra palabra:
Encuerpar.
Para Bolonik, encuerpar es traer una experiencia del mundo
interior al cuerpo hasta convertirla en experiencia vivida. O Hacerse
consciente de algo que me afecto externamente y ponerle nombre. En resumen es
pasar del cuerpo mental al cuerpo físico y aprender a sentir cómo se presenta
allí.
Es sentir esa emoción,
atravesarla, expresarla y darle una forma en nuestra vida.
Conocer es entender algo.
Concientizar es darme
cuenta.
Sentir es permitir que mi
cuerpo reconozca aquello que he comprendido.
Expresar es encontrar una
forma de manifestarlo.
Y encuerpar es hacer que
aquello se convierta en parte de mi manera de estar, actuar, crear y
relacionarme con el mundo.
Por eso el cuerpo puede
convertirse en territorio de conocimiento.
El dibujo.
La escritura.
El ritual.
La respiración.
El movimiento.
La conversación.
El símbolo.
La creación artística.
Todos pueden ser caminos
para llevar al mundo concreto aquello que todavía estaba solamente en nuestra
mente, nuestra emoción o nuestra intuición.
Encuerpar es hacer
cuerpo lo que el alma, la imaginación o la conciencia han descubierto.
—Bolonik
No tenemos que subir inmediatamente
Quizás
esta sea una de las cosas más importantes que quiero decir después de este
terremoto:
no
tenemos que subir inmediatamente.
No
tenemos que pasar del miedo a la alegría.
De la
tristeza a la felicidad.
De la
angustia a la paz.
No
tenemos que estar tranquilos inmediatamente
Tenemos
que empezar por saber dónde estamos. Y cómo comenzar a canalizar esa energía
emocional para expresarla. Una manera es nombrarla (conocer), luego sentirlo en
el cuerpo (encuerpamiento), concientizar y expresar finalmente (hay muchas herramientas
para ello).
Porque
solamente cuando puedo reconocer mi punto de partida puedo comenzar un
verdadero movimiento de transformación.
Por
eso propongo este pequeño ejercicio.
Hoy,
en lugar de preguntarte:
¿Estoy
bien?
pregúntate:
¿Qué
siento?
Después:
¿Dónde
lo siento en mi cuerpo?
Luego:
¿Qué
nombre tiene esta emoción?
Y
finalmente:
¿Qué
necesita de mí?
Quizás
necesite hablar.
Quizás
llorar.
Quizás
descansar.
Quizás
escribir.
Quizás
dibujar.
Quizás
abrazar.
Quizás
simplemente permanecer en silencio.
No
hay que apresurarse.
Primero
sentir.
Después
nombrar.
Después
narrar.
Después
encuerpar.
Y
desde ahí, poco a poco, transformar.
Del caos a la conciencia
Las experiencias
colectivas nos recuerdan algo que nuestra vida cotidiana suele hacernos
olvidar:
somos seres
sintientes.
No estamos
separados de lo que ocurre a nuestro alrededor.
Pero tampoco
estamos obligados a vivir permanentemente dentro del miedo colectivo.
Podemos aprender
a reconocer lo que recibimos.
Podemos
preguntarnos qué es nuestro y qué estamos absorbiendo.
Podemos volver
al cuerpo.
Podemos
recuperar nuestra propia mirada.
Podemos contar
nuestra historia.
Podemos darle
nombre a lo que sentimos.
Y quizá entonces
descubramos que transformar no significa escapar de la emoción.
Significa atravesarla
conscientemente.
Porque después
del impacto comienza otra tarea:
volver a sentir
la tierra bajo nuestros pies.
Volver al
cuerpo.
Volver a
nosotros.
Y desde ahí
comenzar nuevamente.
— Bolonik







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