Después del terremoto:

 A quienes conoces después del terremoto no les preguntes si esta bien, pregúntale qué siente

Por: Sandra Daza -  Bolonik

Hay un momento en toda experiencia de impacto en el que simplemente sobrevivimos.

Durante el terremoto no pensamos demasiado. El cuerpo responde antes que la mente: buscamos protegernos, ayudar, salir, llamar a alguien, abrazar a nuestros hijos, mirar si nuestra casa sigue en pie.

Algunas personas corren.
Otras ayudan.
Otras se quedan paralizadas.
Algunas hablan sin parar.
Otras guardan silencio.

Y muchas, cuando alguien les pregunta:

—¿Cómo estás?

responden:

—Estoy bien.

Pero… ¿qué significa realmente estar bien después de haber sentido que la tierra se mueve bajo nuestros pies?

Quizás todavía no lo sabemos.

Después del miedo llega el sentir

Ha pasado ya más de una semana desde el terremoto que sacudió Colombia. Y cuando el momento de emergencia comienza a quedar atrás, aparece otra etapa: aquella en la que podemos empezar a preguntarnos qué nos ocurrió por dentro.

Durante la crisis estamos tan inmersos en el miedo que muchas veces no alcanzamos a reconocer nuestras propias emociones.

Después pueden aparecer.

La angustia.

El miedo.

La tristeza.

La rabia.

La nostalgia.

La culpa.

La vergüenza.

La sensación de vulnerabilidad.

O incluso emociones que no sabemos nombrar.

Y aquí quiero detenerme en algo que considero fundamental:

no necesitamos estar bien inmediatamente.

Necesitamos poder sentir.

Necesitamos poder reconocer.

Necesitamos poder nombrar.

Porque cuando puedo decir:

“Tengo miedo”

ya no estoy simplemente atrapada en una sensación indefinida.

Cuando digo:

“Estoy angustiada”

empiezo a reconocer lo que está ocurriendo dentro de mí.

Cuando digo:

“Estoy triste”

le doy un lugar a mi tristeza.

Nombrar no elimina la emoción.

Pero puede abrir un espacio de conciencia frente a ella.

¿Qué está pasando realmente dentro de mí?

Quizás después de una experiencia colectiva como esta deberíamos cambiar una pregunta.

En lugar de preguntar:

¿Estás bien?

podríamos preguntar:

¿Qué estás sintiendo?

Y todavía más:

¿Dónde lo sientes en tu cuerpo?

Porque una emoción no es únicamente una palabra.

Es también una experiencia corporal.

Puede aparecer como presión en el pecho, nudo en la garganta, tensión en el abdomen, cansancio, temblor, aceleración del corazón o necesidad de llorar.

El cuerpo habla incluso cuando todavía no encontramos las palabras.

Y escuchar ese lenguaje es una forma de volver a nosotros mismos.

Narrar también es liberar

Hay otra herramienta profundamente humana: contar lo sucedido.

Contar mi historia.

No la historia de las noticias.

No la versión de otra persona.

No lo que le pasó a mi vecino o a otros

Contar mi propia historia.

¿Qué estaba haciendo cuando ocurrió?

¿Qué vi?

¿Qué pensé?

¿A quién busqué?

¿Qué hice?

¿A quién ayudé?

¿Qué fue lo que más miedo me produjo?

¿En qué momento sentí alivio?

¿Y qué siento ahora, una semana después?

Cuando narramos una experiencia con nuestras propias palabras comenzamos a darle una secuencia, un significado y un lugar dentro de nuestra propia historia, también comenzamos a hacer el proceso de integración de lo que pasó, una vez narrado lo sucedido el cerebro comienza hacer nuevas sinapsis, y allí justo allí es cuando comienza el aprendizaje y la integración de las nuevas lecciones, que harán de ti una nueva persona después de lo sucedido, es a lo que le llamo “el regalo de la situación negativa”.


Hablar puede ser una primera forma de catarsis.

Escribir también, dibujar, llorar, caminar, respirar, querer estar sola, crear, permanecer junto al mar, o junto a un árbol o simplemente tendida en el pasto, abrazar, guardar silencio conscientemente. No existe una única manera de procesar lo vivido, pues cada persona lo hace a su manera.

El egrégor del miedo

Desde una mirada espiritual y esotérica podemos hablar de un egrégor como una forma energía colectiva alimentada por pensamientos, emociones, creencias y palabras compartidas, que se contagias al gran grupo, al complete de la ciudad o el territorio en el que me encuentro.

En mi reflexión anterior hablaba precisamente de cómo una experiencia colectiva puede sentirse en el cuerpo incluso cuando no estamos físicamente en el lugar donde ocurrió.

Después de una tragedia, las imágenes, las conversaciones, las noticias y las historias que circulan pueden mantenernos conectados emocionalmente con el acontecimiento. A esto podemos llamarlo egrégor. Podemos hablar también de contagio emocional, memoria colectiva, empatía o impacto psicológico. No necesito decidir ahora cuál de estas explicaciones es la definitiva.

Lo importante es reconocer algo:

lo que ocurre a nuestro alrededor puede afectarnos profundamente.

Y por eso necesitamos aprender a distinguir:

¿Esto que siento pertenece a esta experiencia concreta?

¿O estoy cargando también emociones que he recibido de mi entorno, de los mas cercanos o de aquellos que amo y están sufriendo? Porque puede pasar que tu eres una persona mas resiliente y en cambio tu madre tu padre tu hijo hermano o esposo son mas emocionales y pueda estarles afectando mas lo sucedido. Y en ese caso a veces tomamos como propio lo que ellos sienten a manera de lealtad con ellos o de apoyo emocional y acompañamiento. A veces se hace de manera inconsciente y no entendemos que es el sentir del otro y no el mio propio.

El mapa de las emociones

Dentro de mi propio camino espiritual me ha resultado sugerente el mapa de niveles de conciencia y emociones desarrollado por David Hawkins.

Lo tomo aquí como un mapa simbólico y espiritual, no como una escala científica para medir objetivamente la frecuencia de una emoción.

Su utilidad, para mí, está en hacernos una pregunta:

¿Desde dónde estoy viviendo lo que me está sucediendo?

No se trata de obligarnos a “subir la vibración”.

Y mucho menos de decirle a alguien que acaba de vivir una experiencia traumática:

“Piensa positivo.”

A veces esa exigencia de estar bien puede convertirse en una nueva forma de negar lo que sentimos.

Si tengo miedo, necesito reconocer el miedo.

Si tengo rabia, necesito reconocer la rabia.

Si estoy triste, necesito reconocer la tristeza.

Si siento culpa, necesito poder mirar esa culpa.

Además cuando lo reconozco puedo nombrarlo, antes no puedo decir qué siento, sin hacer el ejercicio de instrospección, de VER lo que pasa. No puedo transformar conscientemente aquello que primero me niego a reconocer.

Del control emocional al encuerpamiento

Durante mucho tiempo hemos aprendido a controlar las emociones.

“Contrólate.”

“No llores.”

“Sé fuerte.”

“Ya pasó.”

“Todo está bien.”

Pero una emoción no desaparece necesariamente porque decidamos ignorarla.

Por eso propongo otra palabra:

Encuerpar.

Para Bolonik, encuerpar es traer una experiencia del mundo interior al cuerpo hasta convertirla en experiencia vivida. O Hacerse consciente de algo que me afecto externamente y ponerle nombre. En resumen es pasar del cuerpo mental al cuerpo físico y aprender a sentir cómo se presenta allí.

Es sentir esa emoción, atravesarla, expresarla y darle una forma en nuestra vida.

Conocer es entender algo.

Concientizar es darme cuenta.

Sentir es permitir que mi cuerpo reconozca aquello que he comprendido.

Expresar es encontrar una forma de manifestarlo.

Y encuerpar es hacer que aquello se convierta en parte de mi manera de estar, actuar, crear y relacionarme con el mundo.

Por eso el cuerpo puede convertirse en territorio de conocimiento.

El dibujo.

La escritura.

El ritual.

La respiración.

El movimiento.

La conversación.

El símbolo.

La creación artística.

Todos pueden ser caminos para llevar al mundo concreto aquello que todavía estaba solamente en nuestra mente, nuestra emoción o nuestra intuición.

Encuerpar es hacer cuerpo lo que el alma, la imaginación o la conciencia han descubierto.

—Bolonik

No tenemos que subir inmediatamente

Quizás esta sea una de las cosas más importantes que quiero decir después de este terremoto:

no tenemos que subir inmediatamente.

No tenemos que pasar del miedo a la alegría.

De la tristeza a la felicidad.

De la angustia a la paz.

No tenemos que estar tranquilos inmediatamente

Tenemos que empezar por saber dónde estamos. Y cómo comenzar a canalizar esa energía emocional para expresarla. Una manera es nombrarla (conocer), luego sentirlo en el cuerpo (encuerpamiento), concientizar y expresar finalmente (hay muchas herramientas para ello).

Porque solamente cuando puedo reconocer mi punto de partida puedo comenzar un verdadero movimiento de transformación.

Por eso propongo este pequeño ejercicio.

Hoy, en lugar de preguntarte:

¿Estoy bien?

pregúntate:

¿Qué siento?

Después:

¿Dónde lo siento en mi cuerpo?

Luego:

¿Qué nombre tiene esta emoción?

Y finalmente:

¿Qué necesita de mí?

Quizás necesite hablar.

Quizás llorar.

Quizás descansar.

Quizás escribir.

Quizás dibujar.

Quizás abrazar.

Quizás simplemente permanecer en silencio.

No hay que apresurarse.

Primero sentir.

Después nombrar.

Después narrar.

Después encuerpar.

Y desde ahí, poco a poco, transformar.

Del caos a la conciencia


Las experiencias colectivas nos recuerdan algo que nuestra vida cotidiana suele hacernos olvidar:

somos seres sintientes.

No estamos separados de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Pero tampoco estamos obligados a vivir permanentemente dentro del miedo colectivo.

Podemos aprender a reconocer lo que recibimos.

Podemos preguntarnos qué es nuestro y qué estamos absorbiendo.

Podemos volver al cuerpo.

Podemos recuperar nuestra propia mirada.

Podemos contar nuestra historia.

Podemos darle nombre a lo que sentimos.

Y quizá entonces descubramos que transformar no significa escapar de la emoción.

Significa atravesarla conscientemente.

Porque después del impacto comienza otra tarea:

volver a sentir la tierra bajo nuestros pies.

Volver al cuerpo.

Volver a nosotros.

Y desde ahí comenzar nuevamente.

No me preguntes si estoy bien. Pregúntame qué siento.

Bolonik

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